Y cada día me engancha más
Y bueno, hoy he empezado a ser sana, nos hemos cogido un amigo y yo dos bicis (una no la cuadrábamos y como que no iba muy bien) y ale, al primer camino que hemos encontrado y pufff al final he ido andando, después de haberme caído con el otro encima... Viva la vida sana
- Here:Por favor, necesito Mónaco
- Puueees:
happy - En el gramófono:Gato negro - Dragón rojo
El otro día se supieron los ganadores del Reto de Poetas Anónimos y me sorprendió un poco
Por cada día perdido es un femslash (Alice/Andromeda) que un día me vino a la cabeza en un arrebato de Alice (arrebato... amo a esa mujer;

Y ya aparte de esto... el otro día (si no fue ayer fue anteayer) nos mandaron en infómatica crearnos un blog con un compañero y yo tan chula como soy dije: Pues yo un livejournal. Y mi profesor me miró con cara de ¿.? y aceptó a duras penas poniendo como excusa que era de Microsoft
La emoción de nuevos amigos no se puede ni comparar con tener un cuerno de Snorkack:
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Amarillo y marrón
#06. Necesidad
Otra mañana más, la cama aparecía repleta de arrugas. Los rayos que avisaban de un nuevo día caluroso atravesaron las persianas y rozaron los ojos cerrados de Rose. Todavía era temprano y apenas había dormido, pero abrió los párpados y no los volvió a cerrar. Estiró el brazo esperando palpar de nuevo su pelo pero solo se encontró con la almohada. No dio indicios de preocuparse y se giró para mirar el otro lado de la habitación. Nada que ver con el revuelo de los primeros días, ahora se mantenía un orden y toda la ropa estaba doblada encima de la silla, con los zapatos colocados en el suelo.
Ted salió de la ducha y se miró al espejo. Cerró los ojos y se concentró en su imagen. Al abrirlos de nuevo sonrió y se guiñó un ojo a si mismo al verse moreno. Se secó, se vistió y salió de nuevo a la habitación. Aunque nunca lo decía, sabía que Rose estaba despierta, pues en un par de ocasiones había visto como cerraba los ojos rápidamente, pero sabía que a ella lo que más le gustaba era que la despertara. Por eso se sentó en el borde de la cama y le pasó la mano por la mejilla. Le parecía tan frágil… tan solo tenía dieciocho años. La había visto crecer, había jugado con ella y se habían bañado desnudos en distintas ocasiones. Incluso había estado saliendo dos años con su prima.
Rose se puso sus vaqueros y se recogió todo el pelo en un moño. A través del reflejo del espejo veía como Ted se reía mientras ella se arreglaba. Se dio la vuelta y tosió. Él solo levantó las manos y salió de la habitación seguido por Rose. Ella todavía no se había acostumbrado a esa casa. Ted… Teddy con casa propia. Parecía mentira como cambiaban las cosas y que ahora ella estuviera en su cama y no para contarse historias de miedo como hacía diez años.
Como siempre, Rose se perdió y apareció en el balcón. Nunca se acordaba de que con solo sacar la varita del bolsillo iría directa a la cocina, pero tenía que admitir que esas vistas le gustaban. Respiró profundamente el aire y giró la cabeza de un lado a otro, con una sonrisa en los labios, como si todavía estuviese incrédula por lo que estaba ocurriendo. Nadie de su familia lo sabía, ni siquiera Hugo ni Victoire. Tampoco Rose sabía si estaba enamorada. Puede que solo fuera ese amor fraternal que sentía hacia él o que de verdad quisiera quedarse con esa comodidad un buen tiempo más. Pensando en eso, como ya tantas veces atrás había hecho, salió de la terraza y se fue hacia la puerta contraria.
La cocina ya olía a café y las tostadas quemadas acababan de salir. Ted nunca aprendería a cocinar ni un simple desayuno, pero en eso eran los dos igual de patosos y ninguno de los dos se podía quejar. Rose se sentó enfrente de él y cogió la primera tostada. La dejó en la mano mientras echaba café en la taza y después le dio un mordisco. El sabor ya lo tenía asimilado y no le costaba disimularlo. La verdad, es que a ella no le saldrían mejor. Centró su vista en el periódico hasta que se cansó de soportar que Ted la mirara. Levantó la cabeza hacia él y luego miró el reloj. Sin prisa alguna subió de nuevo a la habitación, se puso unos zapatos planos, simples, como a ella le gustaban y bajó de nuevo a la cocina, esta vez sin perderse. Le dio un último sorbo al café y un largo beso en los labios a Ted. Era un roce tranquilo, acogedor, sin prisas y con ninguna palabra de por medio. Le echó una última sonrisa y se fue a trabajar.
Cuando se cerró la puerta, Ted recogió el desayuno pensando en qué sería él sino fuera por ese pequeño detalle. Porque, al igual que comer y dormir, Rose se había convertido en su necesidad, y con el tiempo se darían cuenta en que él en la de ella también.
#27. Deseo
Quedaban atrás todas las veces que se había sentado a los pies de su madre a intentar leer el título del libro que ella tenía en sus manos. Quedaban también atrás las noches en
Cuerpo de mujer, mente de anciana, sonrisa de niña. Rose recorre los pasillos con su larga cola de caballo ligeramente recogida y los pelos que le rozan la cara perfectamente lisos. La túnica le encaja a la perfección y parece marcarse en cada curva que dibuja su paseo. Mantiene la mirada atenta, pero siempre tropieza con cualquier alumno –seguramente porque él lo haya querido- y entonces un mechón rizado se descoloca y se queda colgando por el cuello, combinando perfectamente con el resto de sus complementos.
Sabe que la miran, que su pelirrojo no pasa desapercibido y que se encuentra dentro de la categoría de ‘’aceptable’’ de los soberbios de Slytherin. Alguna vez ha intentado poner empeño y enamorarse de algún Ravenclaw bien asentado, pero no llega a más que a mirarle los ojos cuando le habla y a fijarse en su espalda cuando van andando de vuelta. Su cabeza parece incapaz de hacer algo más que analizar el físico y darse cuenta de que está equivocada entre el deseo y el amor.
Muchas veces se ha sorprendido mirando tontamente la sonrisa de cualquier chico ya mayor y sin poder quitar ojo de los brazos formados por el quidditch. Y otras muchas se ha sorprendido pensando en su vida en pareja, con el hombre perfecto y los hijos perfectos.
Y cuando vuelve a caminar, levantando la vista de niños pequeños mirando donde no deben, piensa que jugar de vez en cuando nunca viene mal, y por eso sonríe para sus adentros, porque a lo mejor no es tan difícil sustituir el amor por el deseo, y este a su vez por la pasión. Convertir todo en un juego de adolescentes y llevarlo más allá de donde pensaban.
Pero siempre se frena. Una a una le llegan las imágenes y los recuerdos de cuando solo necesitaba un poco de cariño para ser feliz. Pero ella quiere seguir y mira al chico de turno, del que apenas se sabe su nombre y se da cuenta de que no debe. De que la diversión ha llegado a demasiado y de que le quedan años, muchos años, para seguir errando como ha hecho hasta ahora. Porque si no se hubiera equivocado de esa forma, quizás no se habría dado cuenta de que el deseo, aparte de humano, es traicionero. Y en cantidades pequeñas es gratificante.
Por eso ahora ha vuelto a caminar, agradeciendo la buena vista y sonriendo, esta vez para el mundo. Ahora no duda en que el deseo es mejor guardarlo dentro, y su cuerpo también. Esconde la mujer e intenta volver a ser la niña empollona de siempre, dándose el lujo de mirar de vez en cuando la pasarela que desfila por el pasillo de la biblioteca.
En un principio esta viñeta iba a ser amor, y un principio más lejano amor era muy diferente. Y la verdad es que al final no estoy muy contenta con mi resultado. Pero, como vieja moraleja, errar es humano.
