Y cada día me engancha más
Y bueno, hoy he empezado a ser sana, nos hemos cogido un amigo y yo dos bicis (una no la cuadrábamos y como que no iba muy bien) y ale, al primer camino que hemos encontrado y pufff al final he ido andando, después de haberme caído con el otro encima... Viva la vida sana
- Here:Por favor, necesito Mónaco
- Puueees:
happy - En el gramófono:Gato negro - Dragón rojo
#30: Obsesión
Su amiga Susan solo decía que era una simple chiquillada. Que todo el mundo alguna vez había tenido un impulso. Pero que lo olvidara, que eso no era para ella.
Su primo Albus alegaba que lo probara cuando quisiera, pero que no fuese a consolarse a él cuando por fin se diera cuenta de que lo único que había heredado de su padre era el color pelirrojo y la cabezonería.
Pero, no podía negar, que se había enamorado de las escobas en aquellos años tirada en la biblioteca de su casa, leyendo y releyendo los libros de práctica de su padre, estudiando las teorías de su madre e intentando cogerle la escoba a su hermano. Pero no podía evitar que cada vez que saliera al patio las manos le temblaran y tuviera que ir corriendo a dejar el palo otra vez en la habitación de Hugo.
En realidad, nunca lo había visto en directo. Por eso, cuando llegó a Hogwarts, fue a todos los entrenamientos del equipo de Gryffindor. Se aprendió técnicas, jugadas, tácticas e incluso los puntos fuertes y débiles de cada jugador. Hacía cálculos, ecuaciones, planos y maquetas a escala del campo de quidditch. Después, se lo mostraba al entrenador, que contento lo aceptaba. Pero cuando Rose ya tenía la boca abierta dispuesta a pedirle una vuelta en su Nimbus 3000, todos están entrando por la puerta de los vestuarios y ya solo quedan los restos del césped despeinado y la sensación de desazón de Rose.
Por eso, porque no podía evitar dejar de soñar con ello, e incluso de obsesionarse, por su decimocuarto cumpleaños se atrevió a pedir una escoba. Claramente la respuesta de su padre estaba llena de exclamaciones saltonas, alegrías y abrazos por todos los márgenes de la carta. En el otro extremo, se encontraba su madre, también con exclamaciones, pero de incredulidad. Siempre había visto en su hija la viva imagen de ella de joven y eso implicaba mantenerse alejada lo máximo de todo ese mundo.
El día de su cumpleaños alguien la despertó soplando en su cara. Como no, Albus. Albus despertándola con un grato cumpleaños. Albus cantando un feliz en tu día. Albus… en la habitación de las chicas.
- ¡Que morro tienes! – Exclamó Al antes de que su prima pudiera decir algo.
- ¿Qué? Ooh… Albus. ¿Cómo has subido?
- Volando
- ¿Volando? - ¿Volando? ¿Cómo? ¿Por la ventana? No lo creía. Rose se enderezó en la cama y miró al joven Potter, fijándose por fin en lo que tenía en la mano – Eso es… ¿¡Mi escoba!?
- Más bien la de mi padre. No sé como la tienes tú en vez de yo…
Después de alabanzas hacia la escoba, de observaciones, de calibraciones, de cuidados, de retoques… Albus le recordó a Rose que una escoba estaba para montarla, no para cotillearla como si fuera la típica rubia de turno. Rose esbozó una sonrisa forzada y alegó que tenía que estudiar y que más tarde lo probaría. Evitó la mirada de decepción de Albus y se levantó de la cama para poder colocar su regalo. Después, cuando Albus ya había salido, se vistió y bajó a desayunar.
Ya había pasado una semana y la escoba seguía en el mismo sitio. Rose tenía que evitar las miradas de decepción de su primo y las de ‘’te lo dije’’ de Susan. A lo mejor se había equivocado, a lo mejor solo tenía que dejar pasar que soñaba con el quidditch y hasta con los Chudley Cannons –obsesión que seguramente precedía de su padre-. Pero ella tenía demasiado ego como para admitirlo y demasiado miedo como para probarlo.
Al fin de semana siguiente se había previsto una excursión para Hogsmeade. Rose alegó que se quedaría estudiando y, como era lógico en ella, nadie lo puso en duda. Después de haber desayunado, vestirse y repetirse unas cuantas veces que no quedaría en ridículo, abrió su baúl y sacó la escoba. Con miedo, bajó al campo de quidditch y corriendo se metió en los vestuarios. Sacó de su mochila la ropa que le había quitado a su primo y se la puso encima. Salió al campo y enseguida el aire le golpeó en la cara, pero eso no la frenó.
Igual que había visto durante sus años de existencia, se subió en la escoba pero la agarró dando la impresión de que si la soltara la vida se le podía escapar. Dio una patada al suelo, pero enseguida agachó el cuerpo con todas sus fuerzas y volvió al césped. No sé podía creer que por una vez los libros le fallaran. Había recorrido toda la biblioteca y se había leído hasta los que relataban las mejores caídas de la historia del quidditch, pero ninguno decía cual era la base para aprender a montar en escoba. Claro que sabía que había que subirse al palo y darse impulso con el suelo. Pero eso ahora no le servía.
Sacó su varita y dibujó cuatro aros a dos metros del suelo en línea recta. Con solo conseguir pasar eso, ella ya se sentiría feliz. Cerró los ojos y esta vez dio una patada con más fuerza. Se elevó la altura justa para pasar los aros. La escoba parecía esperar una orden, como si solo ella pudiera hacer que se moviera –Y Rose sospechaba que era así-. Concentrando cada neurona de su cabeza, ahora despeinada por el viento, la escoba se empezó a mover. Rozó todos los aros y en vez de una línea recta, parecía haber dibujado una carretera llena de baches, pero al menos se había movido.
Y poco a poco sacaría esa obsesión y la convertiría en don, o al menos en entretenimiento. Pero no hoy. Demasiado era haber conseguido elevarse y encima marearse con ello. Volvió a su habitación, guardó de nuevo la escoba y devolvió las cosas de Albus a su habitación. Salió al lago y esperó a sus amigos. No les contó nada, solamente quería esperar a poder moverse cinco metros en línea recta y experimentar, por fin, la sensación de libertad que sus venas le pedían a gritos.
#06. Necesidad
Otra mañana más, la cama aparecía repleta de arrugas. Los rayos que avisaban de un nuevo día caluroso atravesaron las persianas y rozaron los ojos cerrados de Rose. Todavía era temprano y apenas había dormido, pero abrió los párpados y no los volvió a cerrar. Estiró el brazo esperando palpar de nuevo su pelo pero solo se encontró con la almohada. No dio indicios de preocuparse y se giró para mirar el otro lado de la habitación. Nada que ver con el revuelo de los primeros días, ahora se mantenía un orden y toda la ropa estaba doblada encima de la silla, con los zapatos colocados en el suelo.
Ted salió de la ducha y se miró al espejo. Cerró los ojos y se concentró en su imagen. Al abrirlos de nuevo sonrió y se guiñó un ojo a si mismo al verse moreno. Se secó, se vistió y salió de nuevo a la habitación. Aunque nunca lo decía, sabía que Rose estaba despierta, pues en un par de ocasiones había visto como cerraba los ojos rápidamente, pero sabía que a ella lo que más le gustaba era que la despertara. Por eso se sentó en el borde de la cama y le pasó la mano por la mejilla. Le parecía tan frágil… tan solo tenía dieciocho años. La había visto crecer, había jugado con ella y se habían bañado desnudos en distintas ocasiones. Incluso había estado saliendo dos años con su prima.
Rose se puso sus vaqueros y se recogió todo el pelo en un moño. A través del reflejo del espejo veía como Ted se reía mientras ella se arreglaba. Se dio la vuelta y tosió. Él solo levantó las manos y salió de la habitación seguido por Rose. Ella todavía no se había acostumbrado a esa casa. Ted… Teddy con casa propia. Parecía mentira como cambiaban las cosas y que ahora ella estuviera en su cama y no para contarse historias de miedo como hacía diez años.
Como siempre, Rose se perdió y apareció en el balcón. Nunca se acordaba de que con solo sacar la varita del bolsillo iría directa a la cocina, pero tenía que admitir que esas vistas le gustaban. Respiró profundamente el aire y giró la cabeza de un lado a otro, con una sonrisa en los labios, como si todavía estuviese incrédula por lo que estaba ocurriendo. Nadie de su familia lo sabía, ni siquiera Hugo ni Victoire. Tampoco Rose sabía si estaba enamorada. Puede que solo fuera ese amor fraternal que sentía hacia él o que de verdad quisiera quedarse con esa comodidad un buen tiempo más. Pensando en eso, como ya tantas veces atrás había hecho, salió de la terraza y se fue hacia la puerta contraria.
La cocina ya olía a café y las tostadas quemadas acababan de salir. Ted nunca aprendería a cocinar ni un simple desayuno, pero en eso eran los dos igual de patosos y ninguno de los dos se podía quejar. Rose se sentó enfrente de él y cogió la primera tostada. La dejó en la mano mientras echaba café en la taza y después le dio un mordisco. El sabor ya lo tenía asimilado y no le costaba disimularlo. La verdad, es que a ella no le saldrían mejor. Centró su vista en el periódico hasta que se cansó de soportar que Ted la mirara. Levantó la cabeza hacia él y luego miró el reloj. Sin prisa alguna subió de nuevo a la habitación, se puso unos zapatos planos, simples, como a ella le gustaban y bajó de nuevo a la cocina, esta vez sin perderse. Le dio un último sorbo al café y un largo beso en los labios a Ted. Era un roce tranquilo, acogedor, sin prisas y con ninguna palabra de por medio. Le echó una última sonrisa y se fue a trabajar.
Cuando se cerró la puerta, Ted recogió el desayuno pensando en qué sería él sino fuera por ese pequeño detalle. Porque, al igual que comer y dormir, Rose se había convertido en su necesidad, y con el tiempo se darían cuenta en que él en la de ella también.
#27. Deseo
Quedaban atrás todas las veces que se había sentado a los pies de su madre a intentar leer el título del libro que ella tenía en sus manos. Quedaban también atrás las noches en
Cuerpo de mujer, mente de anciana, sonrisa de niña. Rose recorre los pasillos con su larga cola de caballo ligeramente recogida y los pelos que le rozan la cara perfectamente lisos. La túnica le encaja a la perfección y parece marcarse en cada curva que dibuja su paseo. Mantiene la mirada atenta, pero siempre tropieza con cualquier alumno –seguramente porque él lo haya querido- y entonces un mechón rizado se descoloca y se queda colgando por el cuello, combinando perfectamente con el resto de sus complementos.
Sabe que la miran, que su pelirrojo no pasa desapercibido y que se encuentra dentro de la categoría de ‘’aceptable’’ de los soberbios de Slytherin. Alguna vez ha intentado poner empeño y enamorarse de algún Ravenclaw bien asentado, pero no llega a más que a mirarle los ojos cuando le habla y a fijarse en su espalda cuando van andando de vuelta. Su cabeza parece incapaz de hacer algo más que analizar el físico y darse cuenta de que está equivocada entre el deseo y el amor.
Muchas veces se ha sorprendido mirando tontamente la sonrisa de cualquier chico ya mayor y sin poder quitar ojo de los brazos formados por el quidditch. Y otras muchas se ha sorprendido pensando en su vida en pareja, con el hombre perfecto y los hijos perfectos.
Y cuando vuelve a caminar, levantando la vista de niños pequeños mirando donde no deben, piensa que jugar de vez en cuando nunca viene mal, y por eso sonríe para sus adentros, porque a lo mejor no es tan difícil sustituir el amor por el deseo, y este a su vez por la pasión. Convertir todo en un juego de adolescentes y llevarlo más allá de donde pensaban.
Pero siempre se frena. Una a una le llegan las imágenes y los recuerdos de cuando solo necesitaba un poco de cariño para ser feliz. Pero ella quiere seguir y mira al chico de turno, del que apenas se sabe su nombre y se da cuenta de que no debe. De que la diversión ha llegado a demasiado y de que le quedan años, muchos años, para seguir errando como ha hecho hasta ahora. Porque si no se hubiera equivocado de esa forma, quizás no se habría dado cuenta de que el deseo, aparte de humano, es traicionero. Y en cantidades pequeñas es gratificante.
Por eso ahora ha vuelto a caminar, agradeciendo la buena vista y sonriendo, esta vez para el mundo. Ahora no duda en que el deseo es mejor guardarlo dentro, y su cuerpo también. Esconde la mujer e intenta volver a ser la niña empollona de siempre, dándose el lujo de mirar de vez en cuando la pasarela que desfila por el pasillo de la biblioteca.
En un principio esta viñeta iba a ser amor, y un principio más lejano amor era muy diferente. Y la verdad es que al final no estoy muy contenta con mi resultado. Pero, como vieja moraleja, errar es humano.
#12: Mentir
- Victoire… ¿Mentir es un pecado?
- ¿Tú qué sabes de pecados, Rose?
- ¿Yo? Menos es nada. Sé que es algo de muggles, pero no puedo evitar que me de miedo. Es algo religioso… muy simbólico. Cuestión de fe, dicen.
- Sí. Pero el problema es que yo no tengo fe. Y, bueno, creo que sí, en las religiones muggles mentir es un pecado. Pero eso es malo en todos los sitios.
- ¿Y entonces qué pasa si pecas?
- Hay gente que habla de una cosa que se llama infierno. No sé qué es. Algo grande, en el subsuelo, con demonios, calor y mal olor, muy mal olor.
- ¿Un olor peor que el de los pies de tío Percy?
- ¿Qué? ¡No! No hay nada peor que eso.
Puede que hubiera muchas maneras de ir al infierno y una de ellas fuera mentir. Pero, ellas qué sabían, unas simples niñas, de las que apenas una había empezado el colegio. Lo que sí sabían era que decir que los pies de Percy olían peor que el propio infierno no era mentir y menos un pecado.
Y mentirían diciendo que no había nada mejor que ese momento. Dos primas, pelirroja y rubia, alta y baja, tumbadas en el suelo, con un bol gigante de palomitas y unas cuantas preguntas absurdas que hacerse la una a la otra.
Y unas cuantas mentiras que decirse al oído.
La verdad es que este me ha quedado un poco corto, al igual que otros, pero de momento ya estoy trabajando en uno largo =D
Personaje: Rose Weasley
Tema: Leer
Con tres años solo alcanzaba al primer piso de la estantería donde se encontraban todos los libros de sus padres de los años en Hogwarts. Claramente, los de su madre, que sin siquiera contarlo eran más numerosos, estaban mejor cuidados. No tenían polvo, arrugas, ninguna hoja suelta y apuntes en los márgenes, con letra clara y limpia. Los de su padre se caían, literalmente, estaban tan arrugados que era difícil que se mantuvieran en pie, por lo que se encontraban sostenidos entre los grandes tomos de Hermione.
Entonces, Rose, se agarraba su delicado vestido, fruncía el sueño, se mordía el labio y andaba por toda la habitación, escogiendo el libro que iba a hojear por los colores, más que por el tema. Muchas veces escogía el libro más alto, el más llamativo y tenía que llamar a su padre para que la ayudara. Él venía a regañadientes con Hugo en sus brazos, le daba el libro y le decía que esperara a que su madre volviera de trabajar para leérselo. Pero ella no podía esperar. Se sentaba allí, en el suelo de la biblioteca, con las piernas dobladas y el libro encima. Pasaba las enormes hojas una tras otra y miraba con incomprensión las fotografías.
Después llegaba su madre y lo primero que hacía era regañarla por ensuciarle el vestido. Después, solo se reía y más tarde se daba cuenta de que su hija no ponía el más mínimo interés en escucharla. Se divertía mirando las fotos de un hipogrifo, de un gnomo, de un jugador de quidditch… El caso era divertirse. Poco a poco Hermione se sentó con ella y le hacía repetir una a una las palabras. Luego las escribía en el aire con la varita y Rose las pronunciaba y las buscaba en un libro.
A los diez años, toda la biblioteca ya estaba leída, lo menos dos veces, por Rose y cada vez que su madre la hablaba de la biblioteca de Hogwarts se le cortaba la respiración. Por las noches le leía los cuentos muggles a su hermano y cuando coincidía con sus tres primos les aburría, hasta incluso dormirlos, relatándoles un capítulo más de Historia de
Por fin empezó su enseñanza. Como era obvio, cuando puso un pie en el castillo ya se sabía todos los libros de texto de ese curso y se los iba repasando en voz baja. No sabía que tenía que hacer para ser elegida para su casa y desconocía se había que usar magia. Y por una vez, Albus no se quejaba, sino que más bien permanecía atento escuchando cualquier cosa que le sirviera de ayuda.
Con cuatro años de estudiante a sus espaldas, ya podía decir en que estantería, piso y el color de la tapa del libro que le nombraras. En las largas horas que pasaba en la biblioteca, charlaba animadamente con la encargada, siempre después de terminar un libro y comentaban sobre él. Después, se sacaba un nuevo libro y lo devoraba por la noche en la cama, siempre que al día siguiente no tuviera un examen. Porque, ni leer era una obsesión ni un pasatiempo cualquiera. Para ella era una necesidad, que al igual que jugar a las cartas, puede tener un periodo sin realizarse, pero, que cuando vuelve, te engancha igual que el calamar gigante con sus ventosas.
Iré actualizando:
| 1. Límite | 2. Sumisión | 3. Vergüenza | 4. Medicina | 5. Dolor |
| 6. Necesidad | 7. Mordaza | 8. Calor | 9. Húmedo | 10. Venganza |
| 11. Quebrar | 12. Mentir | 13. Hablar | 14. Ego | 15. Leer |
| 16. Fastidiar | 17. Chocolate | 18. Tabaco | 19. Porno | 20. Escribir |
| 21. Violencia | 22. Dinero | 23. Soñar | 24. Control | 25. Labios |
| 26. Amor | 27. Deseo | 28. Disfraz | 29. Infierno | 30. Obsesión |
Tabla de FF.net:
Con R de Rose
